UN PEDAZO DE CARNE - JACK LONDON
Cuando salió de los vestuarios, con sus segundos tras él, y descendió por el pasillo hasta el ring, en el centro de la sala, un estallido de bienvenida y aplausos brotó de la multitud que esperaba. Contestó a los saludos a derecha e izquierda, aunque conocía pocas caras.... Subió ágilmente a la plataforma elevada, se agachó para pasar entre las cuerdas y se fue hasta su esquina, donde se sentó sobre un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se le acercó y le estrechó la mano. Ball ere un boxeador sonado, King se alegró de tenerlo como árbitro. Ambos eran viejos inútiles. Sabía que si cometía alguna marrullería con Sandel, Ball lo pasaría por alto.
Sandel, joven aspirante de los pesos pesados subió al ring de un salto y fue presentado a la audiencia por el árbitro.
King permanecía sentado, fascinado,.... siempre surgían estos jóvenes en el boxeo, saltando a través de las cuerdas y gritando su desafío, y siempre se hundían las viejas glorias ante ellos....
Los dos hombres avanzaron a su encuentro y, cuando el gong sonó y los segundos saltaron fuera del ring con los taburetes plegables, se dieron la mano y adoptaron inmediatamente sus actitudes de pelea. E inmediatamente, como un mecanismo de acero y muelles equilibrado sobre un disparador velludo, Sandel comenzó a atacar y a retroceder y a atacar de nuevo, soltando la izquierda sobre sus ojos, la derecha sobre las costillas, agachándose para contraatacar, bailando ligeramente para eludir sus golpes.... Era una exhibición deslumbrante, la sala aullaba...pero King no estaba deslumbrado. Era el método de la juventud, derrochando su esplendor y excelencia en una salvaje irrupción y una furiosa acometida, abrumando al contrario con su propia gloria ilimitada de fuerza y deseo.
Sandel estaba dentro y fuera, aquí, allí y en todas partes, con sus pies ligeros y su corazón ávido, como una maravilla viviente de carne blanca y músculos tensos que se constituía en una deslumbrante máquina de ataque, deslizándose y saltando como una lanzadera voladora, de una acción a otra, a lo largo de mil acciones distintas, centradas todas ellas en la destrucción de Tom King, quien se interponía entre él y la fortuna. Y Tom King resistía pacientemente, conocía el negocio.... No había nada que hacer hasta que el otro perdiera algo de su energía, y sonrió cuando se agachó para recibir un fuerte golpe en la parte superior de la cabeza. Era una cosa ruin, pero no estaba en contra de las reglas del boxeo. King recordaba cómo se había roto su primer nudillo en la cabeza del terror de Gales.
El primer asalto se lo adjudicó Sandel.... había abrumado a King con una avalancha de puñetazos, y King no había hecho nada. No le había tocado ni una sola vez, contentándose con cubrirse, parando los golpes, agachándose y abrazándose a su oponente para evitar el castigo.... Sandel debía arrojar la espuma de la juventud, antes de que la discreta vejez se atreviese a reaccionar.
Sentado en su esquina durante el minuto de descanso estaba echado hacia atrás con las piernas extendidas, los brazos reposando sobre el ángulo derecho de las cuerdas, el pecho y el abdomen respirando profundamente a medida que tragaba el aire que producían sus segundos con las toallas....
Sonó el gong y los hombres avanzaron desde sus respectivas esquinas. Sandel recorrió tres cuartas partes de la distancia, ávido de comenzar de nuevo; pero King estaba contento de haber recorrido la distancia más corta.... Fue una repetición del primer asalto, con Sandel atacando como un torbellino y la audiencia preguntándose indignada por qué no luchaba King..... La mayoría de los espectadores gritaba su opinión ofreciendo tres por uno a favor de Sandel. Pero había algunos que conocían al King de los viejos tiempos que cubrían las apuestas, considerando aquello una forma fácil de ganar dinero.
El tercer asalto empezó de la misma forma, unilateralmente, con Sandel dirigiendo la pelea y propinando todo el castigo. Había pasado medio minuto, cuando Sandel, demasiado confiado, se descubrió. Los ojos y el brazo derecho de King relampaguearon al mismo tiempo. Era su primer golpe real –un gancho con el arco del brazo torcido para añadirle rigidez, y cargando sobre él todo el peso de su cuerpo que hacía las veces de pivote. Sandel, alcanzado en un lado de la mandíbula, fue derribado como un buey.... rodó por el suelo e intentó levantarse, pero los gritos agudos de sus segundos le hicieron esperar a que terminara la cuenta. Permaneció arrodillado sobre una rodilla, presto a levantarse, y esperó, mientras el árbitro contaba los segundos.... Cuando el asalto tocaba a su fin, King llevó la lucha a su propia esquina. Y cuando sonó el gong se sentó inmediatamente sobre el taburete, mientras que Sandel tuvo que recorrer en diagonal todo el cuadrilátero para llegar a su esquina. Era una pequeña ganancia, pero lo que contaba era la suma de pequeñas ganancias....
Transcurrieron otros dos asaltos, en los cuáles King dosificó sus esfuerzos y Sandel los prodigó.
En el sexto asalto, Sandel se descuidó de nuevo, y de nuevo la temible derecha de Tom King le fulminó en la mandíbula, y de nuevo Sandel tuvo que esperar a que la cuenta llegara a nueve.... King no se atrevía a golpear a menudo. No olvidaba en ningún momento que sus nudillos estaban descoyuntados, y sabía que cada golpe debía dar en el blanco si quería que sus ligamentos resistieran hasta el final de la pelea....
King utilizó todas las tretas que conocía. Nunca desperdició la oportunidad de abrazarse a su contrario, y, una vez abrazado, oprimía inflexiblemente con su hombro las costillas del otro. En la filosofía del ring, un hombro era tan bueno como un puñetazo, al menos en lo concerniente al daño que se infligía, y mucho mejor en lo concerniente al gasto del esfuerzo. Cuando se abrazaba cargaba su peso sobre su oponente... obligaba a intervenir al árbitro, que los separaba, asistido siempre por Sandel, quien todavía no había aprendido a descansar.... sólo los viejos aficionados apreciaban los toques del guante izquierdo de King en los bíceps de sandel....
La baza principal de King era la experiencia. Como su vitalidad se había oscurecido y su vigor mermado, los había sustituido por la astucia. No sólo había aprendido a no hacer nunca un movimiento superfluo, sino también como seducir al contrario para que dilapidara su fuerza. Una y otra vez, con fintas del pie, de la mano y del cuerpo, siguió engañando a Sandel y obligándole a saltar hacia atrás, a agacharse, a contraatacar. King descansaba, pero no permitía nunca que descansara Sandel. Era la estrategia de la vejez.
Al comienzo del décimo asalto, King comenzó a detener los ímpetus del otro con zurdazos directos al rostro, y Sandel, cada vez más cauteloso, respondió largando la izquierda, agachándola a continuación y soltando su derecha en un gancho oscilante contra un lado de la cabeza. Era demasiado arriba para ser vitalmente eficaz; pero cuando lo recibió King sintió correrse sobre su mente el viejo y familiar velo negro de la inconsciencia. Al cabo de un instante, o mejor, al cabo de una minúscula fracción de instante, el velo se disipó. En un momento vio a su oponente y al trasfondo de caras blancas que le observaban desvaneciéndose de su campo de visión; en el momento siguiente vio de nuevo a su oponente y al trasfondo de rostros. Era como si hubiera dormido durante un tiempo y acabara de abrir los ojos de nuevo, y sin embargo el intervalo de inconsciencia había sido tan microscópicamente corto que no había tenido tiempo de caerse. La audiencia le vio tambalearse y vio que sus rodillas cedían, pero acto seguido le vio recobrarse y enterrar su barbilla en el refugio de su hombro izquierdo.
Sandel repitió el golpe varias veces, aturdiendo parcialmente a King, pero entonces este último abrió su defensa, que servía también de contraataque. Haciendo un amago con la izquierda, dio medio paso hacia atrás al tiempo que le golpeaba de abajo arriba con toda la fuerza de su diestra. El golpe fue tan preciso que alcanzó a Sandel en pleno rostro, cuando se disponía a agacharse, y Sandel saltó por el aire y se dobló hacia atrás, besando el suelo con la cabeza y los hombros. King repitió este golpe dos veces, pero luego aflojó y empujó a su oponente hasta las cuerdas. No dio a Sandel ninguna oportunidad de descansar o reponerse, sino que le propinó golpe tras golpe hasta que toda la sala se puso en pie y el aire se llenó de una ininterrumpida salva de aplausos. Pero la fortaleza y la capacidad de aguante de Sandel eran soberbias, y logró mantenerse en pie. El K.O. parecía inminente, y un capitán de la policía, conmovido por el terrible castigo, apareció junto al ring para detener el combate. Sonó el gong, indicando el final del asalto, y Sandel se arrastró hasta su esquina, diciendo entre protestas al capitán que estaba sano y fuerte. Para demostrarlo, dio dos volteretas atrás en el aire, y el capitán de policía cedió.
Tom King, apoyado en su esquina y respirando con dificultad, estaba desanimado. Si hubieran detenido el combate, el árbitro le habría declarado por fuerza ganador y la bolsa habría sido suya. A diferencia de Sandel, no combatía por la gloria o por hacer carrera, sino por treinta pavos. Y ahora Sandel se recuperaría en el minuto de descanso. Hoy la juventud estaba sentada en la esquina opuesta. En cuanto a él, ya llevaba peleando media hora, y era viejo. Si hubiera peleado como Sandel, no habría durado ni quince minutos. Pero la cuestión era que él no podía recuperarse. Aquellas arterias en relieve y aquel corazón penosamente zarandeado no le permitirían recuperar fuerzas en los intervalos de los asaltos. Sus piernas le pesaban y comenzaba a tener calambres. Era duro para un viejo ir a boxear sin haber comido suficiente.
Con el gong que abrió el undécimo asalto, Sandel se precipitó contra King, haciendo una demostración de frescura que en realidad no poseía. King lo notó desde el primer momento: era un truco tan viejo como el mismo boxeo. Se abrazó para detener la acometida y, luego, al soltarse, esperó a que Sandel se inmovilizara. Era lo que King deseaba. Hizo una finta con la izquierda, hizo que el otro se agachara para eludir el golpe y le lanzara desde abajo un gancho de revés, y a continuación dio el consabido medio paso hacia atrás, le alcanzó en pleno rostro con un uppercut y consiguió que Sandel se arrugara sobre la lona. Después de esto no le permitió un momento de respiro, recibiendo el mismo castigo, pero inflingiéndole mucho más, lanzando a Sandel contra las cuerdas, propinándole ganchos, evitando que se le abrazara o largándole puñetazos cuando lo intentaba, y, siempre que Sandel estaba a punto de caer, agarrándole con una mano alzada y aplastándole con la otra contra las cuerdas donde no podía caer. Y Tom King, que durante media hora había conservado su fuerza, la dilapidaba ahora pródigamente en el único gran esfuerzo que sabía podía desarrollar. Era su única oportunidad: ahora o nunca. Su fuerza estaba menguando rápidamente, y tenía la esperanza de que podría poner fuera de combate a su oponente. Y mientras seguía golpeando, estimando fríamente el peso de sus golpes y la calidad del daño inflingido, comprendía que difícil era derribar a un hombre tan duro como Sandel. Tenía un vigor y una resistencia increíbles, pues se trataba del vigor y de la resistencia vírgenes de la juventud. Sandel era ciertamente un hombre con futuro. Lo tenía todo.
Sandel hacía eses y se tambaleaba, pero las piernas de Tom King sufrían calambres y sus nudillos le daban la espalda. Y sin embargo se esforzaba en darle golpes fieros, aun sabiendo que cada uno de ellos llenaba de angustia sus manos torturadas. Aunque ahora no recibía prácticamente ningún castigo, se estaba debilitando tan rápidamente como el otro. Sus golpes daban en el blanco, pero ya no podía cargar todo su peso sobre ellos, y cada golpe era el resultado de un severo esfuerzo de voluntad. Sus piernas le pesaban como el plomo, y las tenía que arrastrar por el suelo visiblemente; al mismo tiempo, los seguidores de Sandel, alentados por este síntoma, comenzaron a dar ánimos a su ídolo.
King hizo un esfuerzo supremo. Lanzó dos golpes sucesivos: un zurdazo, un pelo demasiado alto, al plexo solar, y un directo de derecha a la mandíbula. No fueron unos golpes muy fuertes, pero Sandel estaba tan débil y aturdido, que se desplomó y quedó tendido en el suelo jadeando. El árbitro se le acercó y comenzó a contar los segundos fatales a su oído. Si antes del décimo segundo no se levantaba, había perdido el combate. La sala se puso en pie y enmudeció.
King descansaba sobre sus piernas temblorosas. Le invadía un vértigo mortal, y ante sus ojos el mar de rostros se ondulaba y desvanecía, mientras llegaba a sus oídos, como desde una distancia remota, la cuenta del árbitro. Y sin embargo pensaba que el combate era suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.
Sólo la juventud podía levantarse, y Sandel se levantó. Al cuarto segundo se dio la vuelta hasta ponerse de cara y extendió la mano ciegamente en busca de las cuerdas. Cuando la cuenta llegó a siete, había conseguido a duras penas incorporarse sobre una rodilla, donde descansaba, con su cabeza dando vueltas sobre sus hombros como si estuviera grogui. Cuando el árbitro gritó ¡Nueve!, Sandel se puso en pie, en correcta posición de defensa, cubriéndose el rostro con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. De esta forma estaban resguardados sus puntos vitales, y avanzó cabeceando hacia King con la esperanza de abrazarse a él para ganar tiempo.
En el instante en que Sandel se levantó, King se abalanzó sobre él, pero los dos golpes que largó se apagaron en los brazos de Sandel. Acto seguido Sandel se le había abrazado y se agarraba desesperadamente, al tiempo que el árbitro pugnaba por separar a los dos hombres. King contribuyó a liberarse del otro. Conocía la rapidez de recuperación de la juventud y sabía que si podía impedir esa recuperación, Sandel era suyo. Bastaría con un buen directo. Sandel salió tambaleándose del abrazo, columpiándose en la cuerda floja entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe le haría caer para no levantarse nunca más. Y Tom King puso sus nervios en tensión, pero el golpe no resultó ni lo bastante fuerte, ni lo bastante rápido. Sandel se tambaleó pero no llegó a caerse, retrocediendo hasta las cuerdas para agarrarse. King se arrastró hacia él, y, con un dolor horrible, lanzó otro golpe. Pero su cuerpo le había abandonado. Todo lo que quedaba de él era una inteligencia luchadora oscurecida y ofuscada por el agotamiento. El golpe, dirigido a la mandíbula, alcanzó a Sandel en el hombro. Había deseado colocar el golpe más arriba, pero los músculos cansados no habían podido obedecer. Y, debido al impacto del golpe, el propio Tom King se tambaleó hacia atrás y casi cayó al suelo. Lo intentó de nuevo. Pero esta vez su directo se perdió en el vacío, y, de absoluta debilidad, cayó sobre Sandel y se le abrazó, agarrándose fuertemente a él para no desplomarse sobre la lona.
King no hizo nada por descolgarse. Había disparado su último cartucho. Estaba acabado. En el propio abrazo sintió que Sandel recobraba las fuerzas paulatinamente. Cuando el árbitro los separó, vio allí, ante sus ojos, recuperarse a la juventud. Sandel recobraba las fuerzas por momentos. Sus directos, débiles y mal dirigidos al principio, se tornaron fuertes y ajustados. Los ojos nublados de King vieron al puño aproximarse a su mandíbula, e intentó parar el golpe interponiendo su brazo. Vio el peligro, quiso hacer eso, pero el brazo era demasiado pesado. Parecía que hubieran puesto sobre él cien kilos de plomo. El brazo no podía levantarse por sí mismo, e intentó levantarlo con su alma. Pero entonces el puño enguantado le alcanzó. Experimentó un agudo estallido que era como una descarga eléctrica, y simultáneamente el velo de la oscuridad se tendió sobre él.
Cuando abrió los ojos estaba en su esquina y oía los gritos de la audiencia como el rugido del oleaje. Le habían aplicado una esponja mojada a la base de su cerebro, y Sid Sullivan le rociaba con agua fresca la cara y el pecho. Le habían sacado ya los guantes, y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No guardaba ningún rencor al hombre que le había puesto fuera de combate, y devolvió el saludo con tanta cordialidad que se resintieron sus nudillos.
NO SOS VOS SOY YO
A veces me planteo si los fantasmas existen. Hace poco me encontré uno en el reloj de fichar del trabajo. Tenemos que quedar un día a tomar un café –me dijo.
Claro que sí, ¡cómo no! (perra histérica –pensé yo).
Te buscaré en el listín y te llamaré para quedar.
Muy bien, ya nos veremos –con mi clásica sonrisa de contigo no quedo aunque seas la única mujer del mundo –las cosas claras.
Esta conversación tiene una fácil explicación, al poco de llegar a Teruel conocí a una chica con la que empecé a quedar, enseguida me empezó a cercar con llamadas constantes…, yo estaba en un momento de renacimiento y me pareció una forma de encauzar de nuevo la vida. Hasta cierto punto tuve un principio de ilusión. Cuando la relación parecía que podía ir hacia algo más comenzaron las histerias, los pulsos, los hoy no me apetece, los no me comprendes… Yo no entendía nada, para mí la vida es muy sencilla.
Un domingo al volver, el semáforo de Calamocha se puso en rojo y tuve que parar, miré a mi derecha y leí en grandes neones “Bahía Club”, entonces me dije a mi mismo ¿por qué no?, y entré.
A veces pienso que ella ha sido la mujer de mi vida, gracias a ella descubrí las putas y comenzó la leyenda.
GONZÁLEZ IÑÁRRITU
Me parece el sucesor de Buñuel. Me impactó Amores Perros (es curioso como pueden entrelazarse las vidas de las personas, lucha de gigantes, gran canción del gran Antonio Vega) y 21 gramos (qué dura, pero qué creíble).
PLATAFORMA MICHEL HOUELLEBECQ
Durante las semanas siguientes volvieron a hacer el amor muchas veces, de hecho cada vez que la canguro iba a la casa. Él espera, vagamente que ella abordase el tema de la legitimidad de su relación; al fin y al cabo ella sólo tenía quince años, y él treinta y cinco; apurando mucho, podría haber sido su padre. Pero ella no parecía dispuesta a ver las cosas desde ese punto de vista: entonces, ¿desde qué punto de vista?. Al final se dio cuenta, con emoción y gratitud: sencillamente, desde el punto de vista del placer. Obviamente su matrimonio le había desconectado, le había hecho perder contacto; había olvidado por completo que algunas mujeres, en ciertos casos, hacen el amor por placer. Él no era el primer hombre de Eucharistie, ya se había acostado con un chico el año anterior, un tipo del último curso al que después había perdido de vista; pero había cosas que no conocía, por ejemplo la felación. La primera vez, Jean-Yves se controló, no quería correrse en su boca; pero no tardó en darse cuenta de que a ella le gustaba o, más bien, que le divertía sentir la explosión de esperma. Por lo general, a él no le costaba nada llevarla al orgasmo, y sentía un placer inmenso al abrazar aquel cuerpo firme y flexible. En resumen, que su relación, se decía él con una extraña sensación de relativismo, era una relación equilibrada. Menos mal que su primer hijo no había sido niña; dadas ciertas condiciones, no veía cómo –ni, sobre todo, por qué- evitar el incesto.
VITAL
No sé explicar muy bien porqué me siento tan cómodo en esta piedra, será porque me trae recuerdos de la infancia. Necesitaba unos días de soledad, necesitaba reflexionar sin reflexionar. Ahora veo el camino más claro. He desconectado completamente de todo y una vez más descubro que para sentirme bien solo me necesito a mi mismo, que expandir mi interior
descubriendo los alrededores de mi yo es muy gratificante, que no es necesario para ser persona (olvidémonos de la felicidad) esclavizarse con personas o cosas alrededor porque hay que dejar que cada uno ande su camino (aunque sea doloroso). Si hoy me preguntaran cual es mi estado civil contestaría: VITAL!!!. me siento vivo y a la vez estoy viviendo disfrutando de experiencias vitales, unas más placenteras, otras más dolorosas, pero siempre vitales. Todavía no he conseguido dejarme fluir totalmente, todavía algunos ambientes me constriñen, pero voy siendo yo mismo más a cada instante, siento cada vez que respiro y eso es importante, también en estos momentos de rupturas totales que se avecinan. Ahora siento la necesidad de soledad ¿para huir? ¿para olvidar? Quizás para vivir, no sé, pero tengo que hacer eso que me pide el cuerpo y la mente y siempre hasta el límite que me marquen ellos. Hoy acaba mi periodo de aislamiento reflexivo, creo que ya tengo las cosas bastante claras. He hecho bien saliendo de casa, no tiene sentido en un día de fiesta con buen tiempo quedarse en casa relamiendo heridas. El aire libre te hace ver mucho mejor las cosas, te despeja la mente. Nadie vende el sueño de su vida. Todavía sigo esperando mi sueño. ¿Cuál será?
HORROR EN EL CLUB
Hace unos días quedé con mi amigo invisible (en adelante Sr. Raro) para visitar los antros del placer de una céntrica calle zaragozana. Como en toda ruta turística que se precie la cosa se lió un poco. Al final acabamos por San José. Allí hay un club que hacía tiempo me tenía mosca, el Sarahay, popularmente conocido en el barrio como el Sarita, nombre de pila de su dueña, de 63 años de edad. Esta información tan precisa la conozco de labios de una excompañera de trabajo que vive por la zona, con lo cual cualquier acercamiento al lugar de autos tiene también su pequeña dosis de riesgo. Por su parte, el Sr. Raro también tenía grandes inquietudes por conocer los interiores del Sarita, pero se haya gravemente impedido para entrar por circunstancias que no vienen al caso, por lo que me insistió mucho en que le informara de la excursión vía blog.
En cumplimiento de tan ingrata misión procedo a informar someramente de los hechos allá acaecidos. La puerta de entrada del Sarita ya es de por sí ligeramente oscura, una enorme puerta de madera negra dentro de un gran hueco en la pared, sólo un pequeño letrero, patrocinado por una bebida con burbujas desatascantes, levemente iluminado, parece indicar la entrada de un bar cutre. ¿Qué le vamos a hacer? ¡Adentro!. Una enorme cortina negra de varias toneladas de peso recibe al intruso, cuando la superas descubres ¡el horror! La cortina debe estar puesta para evitar que des un paso atrás, te envuelve, te atrapa, no hay marcha atrás. Casi no hay clientes. A mi izquierda descubro a dos abuelos bebiendo con una fulana bastante recia ella. A la derecha dos fulanas que parecen salidas del show de Benny Hill. Enfrente la tipa de la barra inquiere -¿qué quieres beber?
Momento importante, sólo hay dos alternativas. Lo lógico sería pirarme, pero yo he venido a investigar y no voy a defraudar a mis lectores.
Un zumo de tomate, gracias –digo, sin inmutarme (hay que ser profesional).
Me voy al baño (alguno ya estará pensando que simplemente me quedé por mear, pues no, listos). Después de desalojar líquidos se vive el primer momento de tensión de la noche. ¡La puerta no se abre! ¿Qué hago? ¿Le pego una patada? ¡Yo encerrado en el baño de un club!, ¡Dios mío!, la verdad es que nunca se acaba de tocar fondo. Pico discretamente en la puerta. Al poco… ¡espera mi amor! Es que esta puerta se atasca un poco, un par de tirones y al final consigo abrirla (un poco más y me quedo con el pomo en la mano). Bueno, al fin libre me dirijo nuevamente sediento a la barra, perseguido por mi medio salvadora (debe esperar su recompensa).
¡Qué tal fortachón! –me dice (encima cachondeo), me invitas a una copita.
Lo siento cariño, pero es que soy pobre (esto las deja secas).
Bueno entonces si quieres podemos hablar…
¿De qué quieres hablar?
De lo que tú quieras, mi amor… si quieres podemos hablar de sexo. (Con voz dulce de acento extraño).
¿De dónde eres?
Nací en Cuba, pero hace diecinueve años que vivo aquí, mi papá era sevillano, soy hispanocubana (vaya, vaya pensé yo, me voy a largar pronto de aquí). Nací en Pinar del Río.
Yo he estado por allí, estuve en el parque nacional de Viñales.
¡Ah! Y ¿cuántas cubanas te follastes?
Mogollón, y todas más delgadas que tú. (En estos ambientes la bordería es fundamental, si no te comen).
Entonces te dejo, hay más chicas en el local (las mujeres siempre buscan que te sientas culpable, ni caso).
No te vayas, puedes quedarte hasta que termine el zumito –le digo mientras le magreo las lorzas. Por lo menos está dura como una piedra –pienso para mis adentros.
¡Ay! ¡me vas a poner cachonda! (el truco del almendruco), ¿Vienes mucho por aquí? (típica pregunta de puta para saber cuanto te puede timar).
No, es la primera vez (esta respuesta es un error clásico, hay que contestar siempre que sí, para que sepan que no te chupas el dedo), ¿y tú? –le preguntó con sonrisa cabrona.
Pues aunque no te lo creas –me dice la lumi, no vengo mucho, sólo cuando necesito dinero, porque yo he trabajado en el hospital de limpiadora, pero lo dejé porque tengo los riñones fatal.
Ah!! Claro, limpiar pollas es mejor que limpiar quirófanos, y aquí además no te duelen los riñones, pensé yo mientras se los palpaba.
¿Y ahora estás buscando otro trabajo menos cansado?
No, estoy cobrando el paro –me dice.
(¡Hija de puta! ¡Estafando a los españoles! Esto es lo que me faltaba por oír en un club, una puta cobrando el paro, se me salían los ojos de las órbitas).
Para disimular mi indignación le dije algo así como que enseguida la llamarían del paro para ofrecerle trabajo.
Me envían cartas casi todos los días –me contestó, pero yo paso porque sólo me mandan mierda, cosas de limpieza y de cuidar viejos.
Claro, claro... (Debe querer trabajar de ingeniera).
La conversación siguió por otro tipo de derroteros y calentamientos, pero creo que a mis lectores les interesan otro tipo de cuestiones que procedo a resumir a continuación.
Andaba yo alargando la conversación por si salía otra tipa más follable, pero parece ser que aquél día (y me temo que siempre, amiguitos: no vayáis al Sarita) había lo que había y no me iba a ir del club sin conocer lo más interesante de los antros del placer: las habitaciones. Mi deber es informar, y si para ello hay que tirarse a una mujer con sobrepeso, uno se sacrifica (uno no es Dios y de vez en cuando le sucede alguna de estas). El caso es que la chica me calentó ligeramente con su sensual voz, duras tetas y fresca fragancia.
Hecho un mar de dudas propuse pasar a la acción. Sígueme morito –me dice.
Mecagüen tu puta madre –pienso yo, te voy a deshacer zorra cabrona.
La sigo por un pasillo de no más de un metro de ancho (pasó sin rozar, que conste) que hay entre el puto baño en el que me quedé encerrado y el principio (o final) de la barra. Sorteando el teléfono (tamaño cabina) que hay en la pared se llega al final del pasillo (no habrá más de tres metros), donde hay dos puertas, abre la de la izquierda y me invita a pasar.
Fiel a mi estilo me abalancé sobre sus melones, sacándoselos fuera con una habilidad digna del increíble Hulk. Cuando ya estaba sobre ella, sobando todo lo sobable me doy cuenta de que la habitación tiene dos puertas, una de ellas da a la barra y está abierta (sólo una cortina impide ver la barra), mejor, que aprendan.
Uy, mi amor, vamos a lavarnos -dice. En estas yo ya me había quitado toda la ropa y le digo, vale: chúpamela.
Ay no, vamos al lavabo.
¿Qué lavabo? Aquí no hay bidé.
En esto que se levanta y abre la puerta, saliendo en porretas al pasillo y abriendo la puerta de enfrente donde está el lavabo.
¡Ostias qué bueno! Salgo enhiesto al pasillo donde hay otra lumi hablando por teléfono, se me queda mirando y con la lengua me hace señas de lo que me he perdido. Yo educadamente la invito a entrar, pero no se decide.
Después de las abluciones rituales vuelvo a cruzar el pasillo, esta vez descubro el truco: las puertas se abren en direcciones opuestas para que puedas cruzar el pasillo sin que te vean.
Una vez dentro agarro a la lumi y la tumbo en la cama a la vez que la acerco la cebolleta a la boca para su disfrute personal. Me la chupó bastante aceptablemente un buen rato, luego me la trabajé razonablemente en estilo misionero, como debe hacerse con las gordas.
La tía se lo pasó bastante bien, seguro que en la barra oían sus gemidos, corriéndose de manera bastante generosa (y encima cobró, manda cojones a lo que ha llegado el español medio).
Para agradecerme mis servicios decidió comerme la cabeza un rato mientras nos vestíamos. Pues resulta que, según ella, Roldán (sí, el que mangó millones con pala) es cliente habitual del Sarita y cada vez que se deja caer por allí las pone de champán hasta el culo, se las lleva al Meliá y encima no se las folla, por supuesto paga España. O sea, que he debido follar con la hija de la que salía en la famosa foto del interviú con el osito.
Así fueron las cosas y así se las hemos contado. Seguiremos informando. Atentamente, Rutero: el reportero putero.
TRIUNFA EL MAL
Todo mal tiene dos remedios: el tiempo y el silencio. Tiempo y silencio curan porque nos distancian del mal, pero corremos el peligro de que la distancia nos conduzca al olvido. ¡Ay de aquél que olvida su mal porque su cura le conducirá al abismo del olvido eterno!. (Epístola a los Filisteos, Capítulo 3, versículo 4).
VIDEO INSTALACIÓN GOYESCA
Ruta Mudéjar continua con su colección de arte moderno, especializada en jóvenes talentos.
Autor: Francisco de Goya y Lucientes
Obra: LA OVEJA NEGRA: CONDENADA POR DIFERENTE
Serie: Los Disparates
Soporte: video digital
Precio: La voluntad
LA MUJER IDEAL SEGÚN FERNANDO FERNÁN GÓMEZ
UNA MUJER COMO MI MADRE, PERO CON EL CUERPO DE CLAUDIA CARDINALE.
TE HAN ENGAÑADO COMO A UN CHINO
El español es un idioma muy rico en “expresiones chinas”. Todo el mundo dice naranjas de la China, escribe con tinta china en papel chino, disfruta con las bolas chinas, cuela el puré con un chino, fuma chinas de hachís en el barrio chino mientras cuenta cuentos chinos, dice la porcelana china es un trabajo de chinos, come en un chino flan chino, las piedras pequeñas son chinas que se ponen en el camino de alguien o se tiran con tirachinas, cuando no entendemos a alguien le decimos que habla en chino y si tenemos mala suerte decimos que nos ha tocado la china. Últimamente ya vamos a bares chinos y compramos en tiendas chinas que siempre están abiertas y donde nos pueden engañar como a chinos.
Pero las cosas siempre pueden empeorar. ¿Por qué los españoles son tan cabrones con los chinos?. Hubo un tiempo en que unos comerciantes catalanes (Bacardí, Barceló y otros) en Cuba se quedaron sin mano esclava (cuando se abolió la esclavitud en Cuba), entonces empezaron a cavilar en donde podrían encontrar trabajadores baratos para sus plantaciones. Fletaron unos cuantos barcos y marcharon a Macao en la China y allí bajo falsas promesas consiguieron llenar los barcos con chinos a los que hicieron firmar unos contratos de trabajo basura. Cuando los pobres chinos llegaron a las plantaciones cubanas se dieron cuenta de que el trabajo no era tan bueno como les habían prometido, pero como habían firmado un contrato tenían que cumplirlo. Como a los respetables comerciantes les daban igual las condiciones laborales (ya traerían más chinos, además cuando acabaran el contrato los que estuvieran vivos se iban a ir) los chinos caían como moscas. Bueno, pues este es el bonito origen de la expresión: Te han engañado como a un chino.
Gracias a esta inmigración china, en Cuba utilizan las expresiones estás en China (en vez de en la luna), ponérsela en China (muy difícil) o mi favorita: parece que tienes un chino detrás (tener mala suerte o siempre te toca la china).
En el barrio chino de La Habana hay un mural (foto) en el que figuran las fechas de las grandes llegadas de chinos a Cuba, 1847 año en que llegaron 141515 chinos de Macao y alrededores y 1874 año en que llegaron 124933 chinos que sobrevivieron a la construcción del ferrocarril en California. En Cuba todo mural que se precie ha de tener una consigna revolucionaria y éste no iba a ser menos, debajo de las dos ventanas de la izquierda pone: NUNCA HUBO UN CHINO CUBANO TRAIDOR, NUNCA HUBO UN CHINO CUBANO DESERTOR. Si lo dice Fidel, verdad será.
P.D.: según el Diccionario de la RAE un Cochino Chino es aquel cerdo que carece de cerdas (para el que no lo sepa las cerdas son los pelos del cerdo).
HOMENAJE A DURRUTI
En cierta manera la literatura equipara a los anarquistas con los piratas, espíritus libres pero a la vez generosos y solidarios. Hay cierta mitificación romántica del anarquismo que lo hace todavía más atractivo. Seguramente entre sus filas hubo gente despreciable, pero la gran mayoría eran personas de altos niveles morales, como Durruti. Cuenta el sacerdote Jesús Arnal en su libro Yo Fui Secretario de Durruti como Buenaventura para evitar que lo fusilaran lo tomó como secretario. Durruti tenía un gran sentido del humor y para Navidades regaló a su amigo el curita una Biblia (sería mangada, seguro). Como decía él: Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Espero que estos vídeos os gusten. SALUD.