La educación actual, al acorazar al individuo contra el displacer, hace al ser humano incapaz de experimentar placer. El placer y la alegría de vivir no pueden concebirse sin una lucha, sin experiencias dolorosas y sin un combate displacentero consigo mismo. La salud síquica se caracteriza por la alternancia de la lucha dolorosa y la felicidad, del error y la verdad, de la equivocación y la reflexión sobre ella, del odio racional y el amor racional, en pocas palabras, la vitalidad plena en todas las posibles situaciones que pueda presentar la vida. La capacidad de tolerar lo displacentero y el dolor sin huir amargamente a un estado de rigidez van parejas con la capacidad de recibir felicidad y dar amor. En contraste con esto nuestros conceptos sociales y educación europeos han convertido a los jóvenes en personas crónicamente malhumoradas, incapaces de experimentar placer.

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