El empleo de la boca como órgano sexual se considera una perversión cuando los labios o la lengua de una persona entran en contacto con los genitales de la otra, y no, en cambio, cuando ambas mucosas labiales tocan una con otra. El que abomina de estas prácticas, usadas quizá desde los más primitivos tiempos de la humanidad, considerándolas como perversiones, obedece a una sensación de repugnancia que le protege de la aceptación del fin sexual. Los límites de esta repugnancia son puramente convencionales: individuos que succionan con pasión la lengua de una bella mujer no lo hacen con su órgano sexual porque les produce asco, aun no teniendo razón ninguna para suponer que la cavidad bucal de la muchacha esté más limpia que sus genitales. La repugnancia se nos muestra aquí como un factor susceptible de cerrar el camino a la sobreexcitación sexual y limitar el fin sexual. Esta conducta es propia de los individuos de carácter histérico, pero la fuerza del instinto sexual tiende a vencer esa repugnancia.

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