NICOLÁS MAQUIAVELO, EL PRÍNCIPE
Hay tres especies de cerebros: unos entienden por sí mismos, los segundos disciernen lo que otros entienden, y los terceros no entienden ni por sí mismos ni por otros.
Hay tres especies de cerebros: unos entienden por sí mismos, los segundos disciernen lo que otros entienden, y los terceros no entienden ni por sí mismos ni por otros.
Como todo lo viviente, en primer término el hombre necesita satisfacer su hambre y su instinto sexual. La sociedad actual niega lo segundo por lo que hay un agudo conflicto entre las exigencias naturales y ciertas instituciones sociales. El problema del matrimonio exige pensar con claridad. El matrimonio no es meramente un asunto de amor, como se pretende por un lado, ni una institución económica, como se dice por otro. Es la forma en que los procesos económicos y sociales han encerrado las necesidades sexuales. Las necesidades sexuales y económicas, sobre todo en la mujer, se han combinado con el deseo de matrimonio, sin contar con la ideología adquirida desde la más tierna infancia y la presión moral de la sociedad. Todo matrimonio enferma debido al conflicto siempre creciente entre las necesidades sexuales y las necesidades económicas. Las necesidades sexuales no pueden ser satisfechas con un solo y mismo compañero sino durante un tiempo limitado. Por otra parte, la dependencia económica, las exigencias morales y la costumbre trabajan por la permanencia de la relación. Ese conflicto es la base de la miseria conyugal. Los conflictos conyugales generalmente aumentan cuando disminuyen la atracción y el placer sexuales. Toda supresión de las necesidades sexuales produce odio y agresividad. Así se comienza a comprender los rasgos de carácter crueles en los individuos que sufren de una insatisfacción sexual crónica.
El escritor ruso Yuri Bórev comparó la historia de la URSS con un tren en marcha:
El tren se dirige hacia un futuro luminoso. Lo conduce Lenin. De pronto: stop, se han acabado las vías. Lenin apela a la gente pidiendo que trabaje horas extras los sábados; se colocan más vías y el tren puede continuar viaje. Después se pone a conducirlo Stalin. También se acaban las vías. Stalin manda fusilar a la mitad de los revisores y de los pasajeros, y obliga a los demás a colocar vías nuevas. El tren se pone en marcha. Jruschov sustituye a Stalin, y cuando se acaban las vías ordena desmontar las que el tren ha dejado atrás y colocarlas delante de la locomotora. Jruschov es sustituido por Brézhnev. Cuando vuelven a acabarse las vías, Brezhnev dispone que se corran las cortinas de las ventanillas y que se balanceen los vagones de tal manera que los pasajeros crean que el tren continúa en marcha. (Y. Bórev, Staliniada)
Este texto se escribió en 1993.
Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
La tercera es la plaga del fundamentalismo religioso.
Y las tres tienen un mismo rasgo, un denominador común: la irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una mente tocada por cualquiera de estas plagas. En una cabeza así constantemente arde una santa pira en espera de vícitmas. Todo intento de entablar una conversación serena está condenado al fracaso. Aquí no se trata de una conversación sino de una declaración. Que asientas a lo que él dice, que le concedas la razón, que firmes tu adhesión. Si no lo haces, ante sus ojos no tienes ninguna importancia, no existes, pues sólo cuentas como un instrumento, como un arma. No existen las personas, existe la causa. Una mente tocada por semejante peste es una mente cerrada, unidimensional, monotemática y sólo gira en torno a un único tema: el enemigo. Pensar sobre el enemigo nos alimenta, nos permite existir. Por eso el enemigo está siempre presente, nunca nos abandona.
Carta dirigida en 1911 por JACK LONDON A LOS BRAVOS CAMARADAS DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA:
Todos nosotros, socialistas, anarquistas, vagabundos, ladrones de gallinas, fueras de la ley, ciudadanos indeseables de los Estados Unidos de América, estamos de alma y corazón con vosotros en vuestro esfuerzo por destruir la esclavitud y la autocracia en México.
Ya os habréis dado cuenta que en esta época carecemos de respetabilidad. Todos los nombres con los que nos señalan han sido ya empleados contra vosotros. En cuanto la rapiña y la rapacidad se ponen en marcha para injuriarnos, los hombres honestos, con coraje, no pueden esperar nada más que ser calificados como ladrones de gallinas y fueras de la ley.
Poco importa.
Yo estoy convencido de que no hay ladrones de gallinas ni más fueras de la ley con más categoría que esos que constituyen la valiosa banda que se ha apoderado de México, de esos que han soportado las mazmorras del dictador, de esos que están en trance de combatir y morir por la Revolución Mexicana.
YO ME DECLARO, como vosotros:
LADRÓN DE GALLINAS Y REVOLUCIONARIO.