Si las puertas de la percepción se purificasen cada cosa aparecería al hombre como es, infinita. Pues el hombre se ha encerrado hasta el punto de no ver sino a través de las grietas estrechas de su caverna.
Aunque parezca imposible Jim Jarmusch logra capturar el espíritu del visionario Blake y trasladarlo al salvaje oeste. No sé si el alcohol o el peyote ayudaron a conseguir esta alucinación visual y musical (estoy seguro de que Blake la hubiera firmado como si de una de sus poesías o grabados se tratara). Johnny Depp hace un magistral camino hacia la muerte acompañado del indomable indio Nobody al ritmo de la opresiva y fascinante improvisación musical de Neil Young (escribió la música mientras veía la película). Blake es el poeta de los excesos (Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que suficiente) y de los instintos (Quién desea pero no obra engendra peste, antes asesina a un niño en su cuna que nutras deseos que no realices). Blake nos advierte de la importancia del yo, del espíritu salvaje e indomable que nos conduce a la muerte y nos anima a comprender las razones (y los deseos) de la existencia (Olvidaron los hombres que todas las deidades residen en el corazón humano).
