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rutamudejar

KRITO

De ninguna manera quiere volver a la Casa Grande y en esos casos recurre a su otro hogar permanente: el cuartito de la azotea en casa de la Ursa, un discreto lupanar a cuya dueña asesoró en un proceso que le seguían y donde las chicas y los travestidos son todos amigos suyos. En ese frecuente refugio suele habitualmente reconciliarse consigo mismo, integrándose en el ambiente doméstico creado por ese ganado de figura humana, con su sensibilidad endurecida por un lado y, por otro, desbordada a veces en exageraciones lacrimosas. La Ursa es con él de una lealtad total y alguna vez ese corpachón de grandes tetas, que todavía se disfruta un macho, ha sorprendido al filósofo con su sensatez y sabiduría de la vida. En ocasiones Krito se mezcla con la clientela del patio, si la encuentra agradable, o se acuesta con alguna muchacha, pues todas ellas se alegran de holgar con alguien tan diferente. Otras veces charla un rato con ellas, las convida a alguna bebida y acaba retirándose sólo a su desván, para dormir en él o sobre la misma azotea, en noches tan calientes como esta.

Hoy preferiría la tertulia pero al entrar encuentra sentado a Yarko, el aulista, con su lazarillo al lado. Suele frecuentar esa casa, prefiriéndola a otros lupanares alejandrinos donde también los clientes le pagan para animar fiestas. Krito, cuando le descubrió en uno de ellos, se preguntó más de una vez por qué ese hombre no vendía más caro su arte en mejores escenarios que se lo disputarían. Pero al hacerse amigos Krito lo reconoció semejante a él y con un paralelo destino de seres mutilados, aunque de distinta manera. "La vieja sirena" José Luis Sampedro


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