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(....) Debió de ser por las befas cada vez más hirientes o por mi ansiedad, pero empecé a padecer de gases, de estreñimiento. Además, la relación con mi mujer se deterioraba a ojos vista. Hasta que mis vapores encontraron un escape por el que también se escapó mi matrimonio. Resultó que al follar, no me podía contener y cada empellón se me escapaban unos pedos desgarradores y zorrunos que me dejaban en la gloria (valga la redundancia), para ella, el averno. Quizás era que los dioses se vengaban de aquella sanchopanzista con sus propias armas: lo más bajo de la materia aunque inmaterial, el pedo. Fue el detonante. Nos concedieron el divorcio por crueldad mental y física (lo exactas y despectivas que pueden llegar a ser las fórmulas legales) y hasta hace unos meses le pasaba una pensión.

"La saga de los Pirineos" José Luis Gracia Mosteo


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