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Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los negativos. Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón (60% de dragón). A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola. (…...)

Un colega de Trurl, Harboriceo Cibr, fue el primero en establecer los cuantos del dragón y encontrar la unidad llamada el dracónido, que sirve para calibrar los contadores de dragones, e incluso calculó la curvatura de su cola, lo que por poco casi le cuesta la vida. Sin embargo, estos progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan inmensa, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes. ¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de Trurl, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola?

No nos extrañemos, pues, si la masa, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de Trurl, se los reprochó. El descontento se hizo patente cuando un grupo de individuos, particularmente ignorantes en materia científica, osó levantar la mano al insigne constructor, dejándolo bastante maltrecho. Pero Trurl, respaldado por su amigo Clapaucio, persistió en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro de su liquidación era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a los valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de la libertad aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible! El hecho dio a Clapaucio la ocasión de publicar un brillante opúsculo bajo el título de «Transmutación covariante de dragones en dragoncillos, o sea un caso particular de transmutación de estados prohibidos por la física a otros prohibidos por la policía»….

Si habéis conseguido leer hasta aquí me permito recomendaros la lectura del desternillante libro de Stanislaw Lem “Cyberiada” y si quereis más aquí lo teneis, en el magno blog Terror Fan.

 

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