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VARADOS EN EL MEKONG

VARADOS EN EL MEKONG

Para entrar en Laos simplemente hay que tomar una barca a orillas del Mekong, pero eso sí, si no llevas el pasaporte no subes a la barca. Estas barcas no son muy grandes que se diga, en la parte más ancha caben dos y apretados, y en medio de un río con un caudal medio de entre 15000 y 39000 metros cúbicos por segundo (para que os hagáis idea de las dimensiones el Ebro cuando va muy crecido lleva entre 1500 y 2000) da una sensación un poco acongojante.

Si los países vecinos ven a Tailandia como un gran centro comercial, Tailandia los ve a ellos como un gran casino. Desde el río vimos el gigantesco casino (para ir al casino si hay un barco en condiciones) que han construido los birmanos en su zona para hacer caja. En Tailandia además de las drogas está prohibido el juego (hasta la clandestina lotería china que venden en el barrio chino de Bangkog o las apuestas futboleras que también controlan los chinos como bien pudo comprobar este corresponsal).

Después de cruzar el río (no recuerdo cuanto tiempo fue, pero a la barca le costó remontar la corriente, eso que el río bajaba tranquilo) llegamos a territorio laosiano, concretamente a una isla de cuyo nombre no me acuerdo. El puerto donde arribamos, estilo piratas del caribe, estaba hecho de cañas de bambú, luego había que subir un buen trecho por un polvoriento terreno empinado hasta llegar a la aduana, que consistía en una destartalada silla con su respectivo pupitre de guardería de color indefinible, allí el aduanero previo pago de nosecuantos baths nos entregó un minúsculo papelito con un sello donde decía que estábamos en Laos.  

Salvado el trámite aduanero nos encontramos en un mercadillo de merchandising laosiano y productos varios como un licor de serpiente que ninguno de mis amigos quiere probar. Como el mercadillo no me motivó mucho me dediqué a buscar un sitio donde mear, internándome en un bosquecillo donde era imposible mear porque todos los árboles estaban llenos de banderas de oración budistas (no me fueran a ver y acabo en una cárcel laosiana, Laos es una república socialista, pero los monjes deben mandar bastante), al final encontré un recóndito lugar entre la maleza donde pude dar satisfacción a mis necesidades al lado de un pequeño oso loco que no paraba de dar vueltas en su pedestal de barro cocido. Después de mear traté de internarme hacia una especie de poblado que se veía en lontananza, pero la autoridad aduanera me advirtió de que para ir más allá del mercadillo necesitaba visado (previo pago, claro) por lo que opté por beberme una cerveza (Lao Beer) a la orilla del Mekong hasta que volviera nuestra barca a buscarnos.

De vuelta a Tailandia nos quedamos varados a mitad de recorrido, se murió el motor, en medio de ese pedazo río a merced de los siluros, que también los hay en el Mekong (menos mal que esos bichos sólo remueven los fangos y no suben a la superficie), y tuvimos que esperar con nuestros viejos salvavidas de todo a cien mecidos por una corriente que nos arrastró unos kilómetros, hasta que llegó una barca de asistencia y logró reparar el motor (ver foto). Después de esta aventura marchamos a ver a las mujeres jirafa, pero eso merecerá otro artículo.

 

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