PLATAFORMA – MICHEL HOUELLEBECQ

Publicado: 18/11/2007 03:03 por rutamudejar en Houellebecq

Corrí las cortinas y me tumbé en la cama. Lo raro es que me dormí de inmediato, y soñé con una morita que bailaba en el metro. Se agarraba al pilar central, como las go-go girls. Se cubría los pechos con una minúscula cinta de algodón, que empezó a quitarse despacio. Cuando se la quitó del todo, sonrió; tenía los pechos llenos, redondos y morenos, magníficos. Entonces se lamió los dedos y se acarició los pezones. Y luego me puso una mano en el pantalón, me abrió la bragueta, me sacó el sexo y empezó a sacudírmelo. La gente pasaba a nuestro alrededor, bajaba en las estaciones. Ella se puso a cuatro patas en el suelo y se levantó la minifalda; n llevaba nada debajo. Tenía una vulva acogedora, rodeada de vello muy negro, como un regalo; empecé a penetrarla. El metro estaba bastante lleno, pero nadie nos prestaba atención. Todo aquello era inverosímil. Era un sueño hambriento, el sueño ridículo de un hombre maduro.

Me cogió los huevos en la palma de una mano, y me acarició la polla con la palma de la otra mano. Yo me tumbé de espaldas y me abandoné a la caricia. El movimiento de su palma se volvió más rápido, y sentí que la sangre me afluía al sexo. Cuando la tuve dura ella se sentó sobre mí y se la hundió de golpe. Crucé las manos sobre sus riñones; me sentía invulnerable. Ella empezó a mover la pelvis con breves sacudidas, cada vez más excitada; yo separé los muslos para penetrarla más a fondo. El placer era intenso, casi embriagador; yo respiraba muy despacio para controlarme, me sentía reconciliado. Ella se tumbó sobre mí y frotó vivamente su pubis contra el mío, lanzando grititos de placer; yo subí las manos y le acaricié la nuca. Cuando llegó al orgasmo se quedó quieta, dejó escapar un largo jadeo y se derrumbó sobre mi pecho. Yo seguía dentro de ella, sentía las contracciones de su vagina. Ella tuvo otro orgasmo, una contracción muy profunda que venía del interior. La abracé con fuerza y eyaculé con un grito. Ella se quedó quieta, con la cabeza en mi pecho, durante unos diez minutos; después se levantó y me propuso que nos diéramos una ducha.

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