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BORIS VIAN - ESCUPIRÉ SOBRE VUESTRA TUMBA

BORIS VIAN - ESCUPIRÉ SOBRE VUESTRA TUMBA

¿Puedo tocarte?

-No, eres muy fuerte –me dijo en voz baja. Ahora estábamos tendidos sobre el costado, mirándonos cara a cara. La empujé con delicadeza, hasta que quedó dándome la espalda, y entonces me acerqué a ella, y ella separó ligeramente sus piernas para abrirme paso....¿me vas a hacer daño?.

-No. Seguro que no –la tranquilicé.

No hacía otra cosa que pasear los dedos por sus pechos, de los lados a los pezones, y la sentía vibrar contra mí. Sus nalgas redondas y calientes encajaban perfectamente con la parte alta de mis muslos, su respiración se aceleraba.

-¿Quieres que apague la luz? –murmuré.

-No. Me gusta más así.

Liberé mi mano izquierda de debajo de su cuerpo y le aparté los cabellos de la oreja derecha. Hay mucha gente que ignora lo que se puede hacer con una mujer besándole y mordisqueándole la oreja, es un recurso infalible. Se retorcía como una anguila.

-No me hagas eso.

Me detuve al instante, pero me cogió de la muñeca y me apretó con una fuerza extraordinaria.

-No dejes de hacérmelo.

Volví a empezar, más pausadamente, y de repente observé que contraía todos los músculos, y luego se relajó y dejó caer de nuevo la cabeza. Mi mano se deslizó a lo largo de su vientre y me di cuenta de que algo había sentido. Me puse a recorrer su cuello, con besos rápidos, esbozados apenas. Veía como se estiraba su piel a medida que yo iba avanzando hacia su nuca. Y entonces, suavemente, cogí mi miembro y entré en ella, con tal facilidad que no sé si se dio cuenta hasta que empecé a moverme. Todo es cuestión de preparación. Pero ella se zafó de un golpe de caderas.

-¿te molesto? –le pregunté.

-Acaríciame más. Acaríciame toda la noche.

-Esa es mi intención –le aseguré.

La poseí de nuevo, esta vez con brutalidad. Pero me retiré antes de satisfacerla.

-Me vas a volver loca... –murmuró.

Se tumbó boca abajo y escondió la cabeza entre los brazos. La besé en las caderas y en las nalgas, y luego me arrodillé encima de ella.

-Separa las piernas –le dije.

No me contestó, pero las separó, despacio. Metí mi mano entre sus muslos y me guié otra vez, pero erraba el camino. Se puso rígida, y yo insistí.

-No quiero –protestó.

-Arrodíllate –le dije.

-No quiero.

Y entonces arqueó las caderas y dobló las rodillas. Mantenía la cabeza entre los brazos, y yo, lentamente, iba cumpliendo mi propósito. Ella no decía palabra, pero yo sentía su vientre subir y bajar, y su respiración que se aceleraba. Sin soltarla, me dejé caer a un lado, y cuando quise ver su cara brotaban lágrimas de sus ojos cerrados, pero me dijo que me quedara.

3 comentarios

Rutero -

Armando, excelente final para el relato, creo que Boris lo habría firmado

Armando -

En el momento de la penetración anal, sabes que ella es tuya.
En ese momento ella no piensa en otra cosa que en darte placer, en satisfacer a su hombre.
En ese momento ella deja de ser una ciudadana civilizada para convertirse en lo que siempre quiere ser una mujer, un objeto del deseo salvaje e irreprimible de un hombre, su hombre.
Cuánto mayor es la fuerza con que la penetras, cuánto mayor es el dolor que le produces, mayor es su felicidad porque sabe que eres ese hombre de verdad que ella desea.
Si no has practicado sexo anal con una mujer, esa mujer jamás será tuya.

Armando -

... cuando quise ver su cara brotaban lágrimas de sus ojos cerrados.
Le dijé: ¿te ha dolido?
Sí, susurró.
¿Me odias?, pregunté.
Te quiero, y apretó sus nalgas contra lo que quedaba de mi miembro.