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Cuando uno tiene una corazonada lo mejor es no irse a la cama y algo me decía que el pérfido moro podría intentar eliminarme en mis húmedos sueños con las monjitas del convento (ver foto).

Astutamente, me interesé por la fábrica clandestina de embutidos. Tuve que insistir algo para que me llevara.

-Ahora por la noche la fabrica (el acento no ha sido puesto para resaltar el acento marroquino del fulano) no funsiona, es mejor a la mañana, me dijo.

-Sí, pero es que a mí no me gusta madrugar, ¿verdad Angelito?.

Angelito sonrió.

Creo que más que la sonrisa fue el volumen físico de Angelito lo que hizo recapacitar a Ab-Lamamem que nos guió por los subterráneos a regañadientes.

-Me gustaría ver la nueva extrusionadora (sólo el nombre acojona) que compramos el mes pasado.

La máquina era una maravilla de la técnica, capaz de hacer treinta mil chorizos en una hora. Es impresionante, dije, mientras accionaba el botón de encendido. Iñaki empezó a temblar, no sé si por la vibración de la extrusionadora o por mi sonrisa centelleante.

-El alcalde de Mainar se ha quejado del ruido, voy a comprobar los decibelios, dije mientras depositaba el maletín de la herramienta encima de la mesa auxiliar.

El clic del maletín me sonó a música celestial, levanté la tapa y agarré el alfanje por la empuñadura mientras el precavido Ab-Lamamem El-Klítoris trataba de huir, pero el eficiente Angelito, siempre atento, hizo de muro de contención asiéndolo fuertemente por los brazos.

-Pásamelo, dije empuñando el alfanje con las dos manos.

El pobre Iñaki quedó ensartado por el alfanje a la altura del bazo, profundo y por la espalda, como a mí me gusta.

-Lo siento hijo mío ha sido sin querer, le dije al oído, los beneficios son escasos y no podemos seguir alimentándote cerdo cabrón.

Angelito se partía de la risa.

Una rápida patada en el culo bastó para lanzar al afectado a la tolva de la máquina de hacer chorizos, un surtidor de sangre me puso perdida la camisa, quedando en evidencia mi falta de profesionalidad en el manejo del arma blanca, -la madre que te cagó, maldije.

La fábrica había sido una buena inversión, un modo rápido, limpio y rentable de deshacerse de la gente impresentable que tanto abunda en este negocio de la carne fresca y sus derivados. En unos segundos estaban saliendo de la máquina las bandejas de chorizos perfectamente etiquetadas: Chiretas Salamero con tripa de cordero, leí, buena marca sí señor.

Dejé a Angelito limpiando la herramienta y subí al Club americain, el Rick´s. La camarera ya estaba barriendo el suelo.

-Hola, dije. Necesito un trago, trabajar me da sed.

-Claro que sí mi amor ahora mismito te lo sirvo.

-He dicho que tengo sed, volví a repetir mientras me limpiaba las manos de sangre.

Mientras la sudorosa camarera tiraba la cerveza con evidente nerviosismo me percaté de que todavía no estaba echada la persiana, ¿no habéis cerrado todavía? –dije con voz autoritaria.

-No, mi amor, queda un cliente, ya lleva cuatro horas en la habitación.

-Admirable, pensé.

-Se ha enamorado de la chica, continuó diciendo la camarera.

-Y ¿quién es ese Romeo?, pregunté por curiosidad.

-Es un profesor de matemáticas, el Doctor Olivares, Yosan Olivares creo que se llama.

-Uhmm!! Un matemático enamorado, pensé para mis adentros, puede ser un buen gerente, en este negocio los beneficios  son muchos, pero los listos también.

En estas estaba cuando asomó Angelito.

-Nos vamos a descansar, dije a la camarera mientras le hacía señales para que se acercara.

-Cuando salga el caballero Olivares dígale que mañana invita la casa, quiero hacerle una oferta que no podrá rechazar.

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