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He hecho siempre todo lo posible por dominar el arte de la mentira, no porque quiera ser mentiroso, sino porque veo que los hombres siempre están mintiendo: desde que chocan la mano del que apuñalarían, hasta que dan el pésame por quien ni siquiera recuerdan. Sé muy bien que la amabilidad, la educación, son sólo cortinas que esconden los sentimientos; capas de pintura bajo las que se encuentra el nudo en la madera, el clavo roñoso, la carcoma imparable. Sin embargo, qué peligroso decir siempre lo que se siente o piensa, mostrar el odio o el amor; qué cerca de la sangre y del bosque terciario. Y ahí, en medio de la mentira y de la verdad, estaba yo, ingenuo, crédulo e incauto; pensando que la palabra es el espejo del pensamiento; que el gesto, un signo de puntuación. Sí, ahí estaba. Las formas de la vida corrían más que mi razón y necesitaba horas para darme cuenta de lo que se escondía tras ellas. Fue entonces cuando descubrí esa otra lengua sin palabras, signos de puntuación ni cortinas, esa lengua como la muerte bajo la que nada se puede ocultar ni los cuerpos, las osamentas ni el alma: el sexo.

José Luis Gracia Mosteo "La saga de los Pirineos"

 

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