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Hace poco tiempo asistí a la inauguración de una exposición, Pata Gallo y Caligrama, sobre las tendencias artísticas en la Zaragoza de los ochenta (autobombo y autocontemplación a veces justificada y otras no). Siempre que entro en un museo o exposición me hago la misma pregunta. ¿Todo esto es arte? Obviamente no. ¿Quién decide que esto es una obra de arte y eso no? Detrás de toda exposición hay personas e intereses, económicos o políticos, culturales o periodísticos, críticos o acríticos, y, a veces, cosas peores, como las amistades o enemistades de unos u otros. Pero me queda claro que como espectador crítico no aborregado, igual que el lector, he de descubrir las erratas, desde mis limitados conocimientos, porque en toda exposición hay obras de arte y obras de artesanía, e incluso obras de mierda.

¿Qué diferencia al artista del artesano?

En primer lugar, el artesano destaca por su instinto gremial, mientras que el instinto individualista del artista denota su genio. A veces las inauguraciones parecen reuniones gremiales, lo importante es estar representado o al menos estar presente porque da la sensación de que el que no está no es o es un marginado asocial. Pero lo verdaderamente importante es la obra, la obra va más allá, reclama su propia independencia. El espectador se detiene sólo ante la obra que le impacta, disfruta (o no) contemplándola, pero reflexiona sobre el mensaje… y en ese momento, en un gesto instintivo, gira su cabeza para averiguar el nombre del autor y la técnica. Quizás sea por ello que dos de las mejores obras de la exposición carezcan de autor, nominativamente hablando claro, no tienen etiqueta, quizás no la necesiten. Quizás ese autor que ha creado un personaje de sí mismo tenga las cosas tan claras como para dejar que su obra respire libremente, como las aves que abandonan el nido en cuanto pueden volar. Quizás ese autor no desee ser vendido y reconocido gremialmente, porque ese autor es un verdadero artista con instinto gatuno, mientras que el artesano busca el cobijo del rebaño o la palmada del amo.

En segundo lugar, el artesano domina la técnica y mediante su habilidad y la dedicación de ciertas horas de trabajo produce artesanía. El artista también domina la técnica, pero no aplica tiempo a la obra, a diferencia del artesano el artista aplica genio. El genio individual y único, que no se puede transmitir gremialmente, puesto que es connatural al artista. En la obra de arte el concepto trabajo es relativo, una obra de arte puede ser producto de pocas o muchas horas de trabajo, según el mayor o menor dominio que tenga el artista de la técnica o el tamaño de la obra, pero lo que verdaderamente importa es el genio, genio que intuye el espectador.

En tercer lugar, el arte trasciende más allá. La artesanía es un mero arte decorativo, tiene que ser bella por definición, si no es bella no es nada. El arte, sin embargo, no tiene porqué ser bello, ¿Es bello el grito de Munch? ¿Es bello el perro de Goya? Quizás no sean bellos, pero nadie duda de que son obras de arte. La obra de arte puede ser hasta fea, incluso horrible. Hay artistas que han hecho de lo grotesco un arte. El arte debe provocar reflexión, azotar conciencias dormidas. También puede ser bello, erótico, incluso pornográfico ¿por qué no?

En cuarto y último lugar, el comercio. La artesanía tiene intrínsecamente valor comercial en función de la cantidad, a tanto el cuadro grande y a tanto el pequeño, la gente lo compra según el tamaño de su pared. La obra de arte puede ser comercializada, como todo, pero su valor va más allá, su precio sólo es una mera convención. El auténtico artista no pinta para vender, pinta lo que le sale de las entrañas y le importa una mierda que su obra se venda o no, de hecho hay muchos pintores que han muerto en la miseria. Esto no quiere decir que no haya habido, incluso haya en la actualidad, auténticos pintores con éxito comercial, incluso obras geniales que se han pintado por encargo, pero en todos estos casos el pintor ha conseguido que trascienda su genio.

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